El Embozo

La noche se abalanzó sobre mi, como una flecha seccionando mi corazón, fue casualmente al entrar en la habitación, en ese momento tus dedos rompían el silencio con el estallido de un blister de Orfidal, la gracia irreverente de tu cuerpo se manifestaba real en un porte regio estoico pero también embebido del elegante espíritu de Jung. 

Salí disimuladamente al baño, meé con intensidad emitiendo un vergonzoso estruendo, lavé mis manos y mis dientes y regresé a la habitación.

Observé cuando te metías en la cama, como colocabas tu cuerpo en esa postura fetiche para espantar el dolor, con el embozo en forma de feto cubriendo tu bellísima cara.

De seguida me introduje yo,

te di las buenas noches y afiné mi oído con el diapasón que me regaló el diablo, tu voz hizo su aparición lúcida como la niebla, salió con el sonido amortiguado por el embozo, tal vez quebrada en ultratumba.

Apagué mi lamparita, cerré mis párpados y le recé como un humilde discípulo a Magdalena, para que todo ese dolor que flotaba suspendido en las partículas de aquella habitación, cayera sobre mi y te dejará en paz

Cuando mi empatía agarró el pecho de tu dolor, surgió espontánea  una necesidad de protegerte, solo recuerdo que te abracé con tal magnitud, que Morfeo tiró desde el cielo levemente de mi.

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